Mostrando entradas con la etiqueta MaraRomeroTorres. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta MaraRomeroTorres. Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de marzo de 2019

Aquello que te define

Dices que no puedes dejarte ver con cualquiera. Y a mí me maravilla ver la facilidad con que te autodefines.
Es posible que alguno de vosotros os hayáis encontrado en alguna ocasión con una persona como la del hecho que voy a relatar a continuación:
No hace mucho tiempo, invité a uno de los recitales que organizo en Granada a una persona relacionada con la escritura.  Lo primero que me preguntó fue quién estaría con ella en el evento y acto seguido aclaró, con una pose de certeza alucinante, que no podía relacionarse con cualquiera.
No tardé en descubrir que estaba entre los que piensan que sólo hay dos clases de personas: "ellos" y "los demás" (entiéndase aquí "cualquiera"). Por consiguiente, a quien no forma parte del grupo de "ellos" lo miran y lo tratan con desprecio como si fueran el dios de los dioses, la perfección absoluta y, lógicamente, por el bien de sus intereses rehuyen ser vistos con personas que consideran inferiores y pueden perjudicar su imagen y su reputación. Es triste. Me dio tristeza comprobar que aquella persona, tan supuestamente instruida, no es que actuara así porque tuviera muy alta su autoestima, ¡ni hablar! Actuaba así porque era una ignorante de alma desaliñada a la que todavía le faltaba aprender aquello que hace realmente grande a una persona. Todavía no había aprendido que las personas cuanto más grandes, más humildes. Una persona sabia, dada a la investigación y al estudio general de todo porque tiene la curiosidad sana por saber hasta el más mínimo detalle de los secretos del mundo, de la vida y de cuanto crea y nos crea, cuanto más conoce y descubre, más cuenta se da de lo poco que sabe. Pero esto, evidentemente, solo le pasa a los grandes. Esto no le pasa al mediocre que cuando tiene el título académico se cree el centro del mundo y ya no puede dejar que lo vean relacionarse con cualquiera, o mejor dicho, con quien esa persona considera "cualquiera" porque no es suficientemente importante y vale, claro está, menos que ella.
No se puede despreciar tan a la ligera a la persona que no va por la vida echándose flores a sí misma, sin haber hecho antes un mínimo esfuerzo por saber y conocer quién es realmente. 
Cada quién tiene sus propias circunstancias, esas que condicionan su situación social; pero el aprendizaje de vida, si no lo realiza el alma, no vale nada.
La educación, el respeto e incluso la cultura son palabras mayores que no las ostenta quien es doctor exclusivo de una especialidad y desconoce el resto. Se puede ser una eminencia y un inculto a la vez: una eminencia en el tema o especialidad que se ha preparado a fondo y un inculto porque fuera de ese tema sabe bien poco. 
Es posible que esa persona lea en algún momento esto que escribo y, si es así, desde aquí le recuerdo la frase de un sabio que sé a conciencia que conoce bien (aunque no la practique):

"Yo sólo sé, que no sé nada"

Pero igual no lo lee porque, como ya os digo, forma parte de ese grupo de personas que creen que están muy lejos de ser "cualquiera".
No sé qué haríais vosotros si os encontráis con alguien del grupo de "ellos", yo os puedo decir que estoy dispuesta a decirles que aprendan humildad, para que pueda empezar en ellos el aprendizaje del alma y lleguen a ser un día lo que aparentan y no son: grandes.


(Mara Romero Torres, Granada, 10 de marzo del 2019)

jueves, 8 de abril de 2010

Confesión pública

Llevo noches sin poder dormir porque hay demasiados fantasmas en mi recámara. La conciencia es un caballo desbocado que pisotea la tranquilidad de mi sueño y las viejas raíces exigen confesión. Hace tiempo que dejaron de convencerme los confesionarios convencionales y aprendí a lanzar los pecados al aire, por eso, una vez más, mi conciencia hace pública su voz y dispara contra los disparates de la única forma que sabe: con su verdad.

Ante los viejos estamentos, confieso que no tengo fe:

No puedo creer, ni quiero, en un país cuya monarquía no rinde cuentas al pueblo que le compra los vestidos, le llena la despensa de caviar y le paga los viajes.

No puedo creer, ni quiero, en los gobiernos febriles de poder que se engordan en la corrupción y sirven a la ley "divide y vencerás".
Entre mis fantasmas me pregunto qué papel jugará aquí "El Príncipe" de Maquiavelo.

No quiero creer, ni puedo, en un pueblo que se ha dejado avasallar por el miedo y se relaja embobado pasando sus horas en la basura que le quieren vender para que las cosas permanezcan en absurda quietud. Y, sin embargo, quiero a ese pueblo, lo quiero despierto y le envío como regalo el "San Manuel Bueno Mártir", de Unamuno con la esperanza de que ahonde en el lago que le aclare la visión.

No quiero creer, ni puedo, en las prédicas de doble moral que ultrajan el alma de los inocentes. Soy incapaz de creer en un dios ambiguo, cortado a la medida y tan falto de amor, ni en sus súbditos que por un lado hacen campaña contra el aborto y, por otro, ensartan la inocencia de los niños en un rosario pederasta.
Y quiero a los niños y los quiero niños. Quiero ponerles sonrisas en esos rostros sin boca que pululan por mi recámara, cuando algunos malnacidos los dejaron huérfanos de amor. Quiero ir a por el sol para repartir sus rayos, por si con ellos puedo borrar el sacrilegio que se comete contra su alma. ¿Cómo se puede restaurar el alma asesinada de un niño? ¿Cómo se puede creer en la barbarie y asimilar que alguien diga que son ellos, los niños, quienes provocan el abuso? ¿Y, si ellos lo provocan, quién los enseñó? ¿Qué ser pervertido les enseñó que eso era lo correcto? No me valen santidades. No se justifican las excusas. La vileza campa a sus anchas y las cabezas visibles la toleran, ¿por qué? Porque son pestes que se quedaron sin madre.
Qué grandes somos como seres humanos. ¡Con qué facilidad se dispara contra niños o se les lanzan granadas! ¡Con cuánta emoción los buscan los proxenetas! ¡Qué poco se piensa en el miedo que puedan sentir cuando tienen que esconderse de los escuadrones de la muerte! ¡Qué baratos salen sus órganos! ¡Qué orgullo verlos escarbar en la basura! ¡Qué bien que anden alejados de los libros y que nunca conozcan que se escribieron cuentos para enseñarlos a soñar! ¡Qué importa que su cama sea el suelo o que no duerman abrazados a un peluche! ¡Para qué un beso de buenas noches si eso son sensiblerías y la vida es dura y hay que pelearla cada día! ¡Para qué ayudarlos a crecer si con sus cuerpos menudos se saca más partido! Que se queden siempre así, con infancia mutilada en una nueva versión de Peter Pan, que para eso avanzan los tiempos y tenemos la facultad de transformar... Cómo se puede tolerar tanto dolor.

Confieso mi furia y confieso que no pediré perdón por sentirla.

Que las voces que deben callar no me pidan que crea. ¿Cómo puedo creer si mi razón está tan limitada que no asimila tanta maldad? Mi fe anda por otros caminos, buscando al Ser Humano.

Confieso que no me asusta perder mi entrada en el cielo.


Se estrujaba la lumbrera
un genio buscando palabras,
para parar una guerra
usándolas como placas
protectoras de unos niños
con marchamo de rebajas:

¡Rodajas de corazón
que apenas muestran la tara!
¡Mercancía insignificante
que no merece atención,
más que en conmoción avara,
y se encuentran en cualquier parte!

Mi inteligente generación
nada ha aprendido
y, sin lágrimas de cocodrilo,
a vosotros, que sois mi Dios,
os pido:

A los recién nacidos
que en la cuna halláis la muerte
¡Perdón!
A los que habéis cambiado
los peluches por fusiles
¡Perdón!
A los que buscáis
comida en la basura
¡Perdón!
A los que os hemos quitado
la magia de los bosques
¡Perdón!
A los que os damos de herencia
una primavera de lluvia ácida
¡Perdón!
A los que os hemos quitado
la seguridad de un hogar
¡Perdón!
A los que os hemos parido
un mundo de miedo y llanto
¡Perdón!
A los que os hemos regalado
un planeta de globos negros
¡Perdón!
A los que...
¡Perdón!
¡Perdón!
¡Perdón!
¡...!

Mara Romero Torres

viernes, 26 de febrero de 2010

Una noche en la playa

No sabía qué tenía aquella playa. Si siempre había estado sola allí, ¿por qué la cautivaba tanto? No había recuerdos ligados a la arena. Nunca nadie había compartido con ella amaneceres ni mucho menos había esperado a su lado la llegada de la luna. Si acaso, y en contadas ocasiones, alguna gaviota despistada acercó sus pasos cautelosa, atraída por aquella extraña mujer que siempre andaba sola y de la que, tras haber satisfecho su curiosidad, se alejaba con el mismo donaire con que se había acercado.
Amó. Y anduvo con el hombre que amaba por los caminos de su fantasía. Pensó, casi con idea obsesiva, que, en algún momento, él estaría bañándose de brisa marina junto a ella, compartiendo la sinfonía de los sentidos desde el cielo hasta la piel o, como a ella le gustaba, desde la piel al cielo.
Se sentó, como cada tarde, a la orilla del agua y se quitó las zapatillas. Hundió los pies en la arena y aspiró con fuerza el olor a mar. Con el aire que respiraba y el agua que llegaba a sus pies apartando la arena, tomó forma en su mente la imagen de aquel hombre que había dejado de ser el extraño de su ideal para convertirse en el ausente de su realidad. Amándolo sin medida, se apartó de él para que sólo a ella la atacara el amor sin piedad, ése que llega cuando, por el bien del ser amado, se echa a andar sin él sabiendo que el ir así es colgarle al alma el se busca la muerte.
Una vez más, la imagen llegó nítida y completa y, estando ya instalada en su mente, daba igual si ella tenía los ojos abiertos o cerrados. De cualquier manera, dominaba su existencia. Las palabras huyeron; para hablar con él dejó de necesitarlas. Huían cada vez que ella lo evocaba y es que las palabras eran pobres aspirantes que no podían expresar por completo lo que ella veía cuando lo miraba; por eso, las desterraba y, anidando un espacio en las arenas del mar, le susurraba miradas.
Y así, iban pasando retazos de amor en diapositivas, mientras miraba un mar que no veía y esperaba lo que nunca llegaba.
Un escalofrío la recorrió. Una mano suave levantó despacio su pelo negro y besó su nuca. Sintiendo aún el calor del aliento en su cuello, notó que la mano se deslizaba hasta descansar en su hombro. Cerró los ojos. Ladeo la cabeza, hasta dejarla echada sobre su calor y se dejó llevar:
Las olas del mar entonaron la sinfonía que mece la tarde.
El sol se fue quedando en débil candil que prepara la penumbra de los romances de amor.
Y la arena fue la cama y el cielo la sábana que queda apartada en la batalla.
Dos cuerpos desnudos, convertidos en un dios, borraron el horizonte y el tiempo perdió los pies para quedarse en el tiempo.
Al amanecer, la albada los despertó. Estaban fundidos en un abrazo.
Ella se levantó y miró al mar. Dos lágrimas matizaron su sonrisa.
Estaba sola.
Con andar lento y cansado, fue dejando sus pasos descalzos en la arena. Llevaba el pelo blanco y arrugas en la cara.
Su vida había pasado en una noche de playa.

© Mara Romero Torres

miércoles, 17 de febrero de 2010

La cajita de marfil

En una residencia, rodeada de pinos junto a un pantano, vive un hombre al que han otorgado el privilegio de no compartir la habitación con otro residente. Se llama Manuel. En sus setenta y ocho años, su paso aún es firme. Su cuerpo delgado se resiste a ser atraído por la gravedad y, en su uno ochenta de estatura, se conserva la elegancia. En sus manos se dibujan las manchas del tiempo y, a pesar de los nudos de artrosis de sus dedos, al mirarlas se recibe una sensación de fortaleza que da seguridad. Observándolas, resulta fácil trasportarse a aquel tiempo en que, sin duda, sujetaban con fuerza a aquella familia de la que se sentía responsable y en la que siempre había un lugar para un nuevo miembro. Ahora vive en la residencia. Y vive allí porque a sus hijos les estaba pasando lo que a muchos en ese tiempo: no tenían ni tiempo ni espacio en sus casas para albergar al abuelo.
En las horas de visita, van a verlo algún que otro día y, alguna que otra vez, hasta le llevan un regalo, eso sí, siempre algo práctico: una camiseta, unas zapatillas, unos pañuelos... Todo punible y gastable rápido porque ya lo ven con edad. Cuando no pueden ir a verlo, alternan las visitas con alguna que otra llamada telefónica, no muchas, para no sentar costumbre que se convierta en obligación y pueda provocar un reproche. Así, evitan las protestas del abuelo y lo mantienen educado para llevarse una sorpresa, cuando los ve.
Manuel tiene en su habitación su mundo. Bastaron dos maletas para llevarlo. En una llevó la ropa que iba a necesitar y en la otra, y bajo la mirada compasiva de sus hijos, cargó las fotos, los regalos significativos, los retazos de memoria de una vida que ahora lucía repartida por una habitación solitaria. Haciendo de su rutina un ritual, cada noche va mirando aquellos objetos de uno en uno y reconstruye, lentamente, los pasos idos.
A veces se le escapa una lágrima que cae veloz a estrellarse contra su pecho.
Nunca tiene prisa por acostarse. Piensa que dormir es quitarle tiempo a la vida y él no tiene sueño. Ya dormirá cuando la noche lo venza. Encuentra en la quietud de la noche el espacio liberado que su evolución necesita y por eso se mete en la cama rayando la madrugada. Cada noche, dobla la almohada y acomoda en ella su espalda contra el cabecero. Ese momento es el broche de su día, el último repaso antes de dormir. Es entonces cuando coge una caja pequeña de marfil que siempre tiene sobre la mesita de noche. La acaricia y la vuelve a acariciar antes de abrirla. Sus dedos, aquí temblorosos, van leyendo los perfiles marfilados y, mientras recorre suave y lentamente la tapa, desfila ante él una vida dedicada a su familia. Abre la caja y se queda mirando un momento el papel doblado que guarda en su interior. Lo saca y, sin desplegarlo, el papel va jugando en la caricia de sus manos. Sabe lo que dice. Su memoria lleva grabadas sus letras y no necesita leerlo; pero, aún así, nunca se va a dormir sin haberlo leído antes.
Una vez pasó por su vida un amor especial, cuando ya daba al amor por perdido, y lo dejó pasar porque creyó que iba con marchamo de prohibido. Ahora se funde en la nostalgia y busca consuelo en el recuerdo de aquello que no supo vivir, que no supo ni pudo vivir porque era fiel a unos códigos a los que consideraba locura faltar y él era un hombre muy cuerdo. Mira su habitación fría y sus venas se calientan pensando en aquella mujer que tanto lo amó y a quien él había llevado siempre consigo. Aquellos principios ya no le valen de nada y ahora le gustaría estar loco para no echar de menos amor.
Desdobla el papel y lee un poema que ella le escribió. Desde las primeras letras, otra lágrima se desliza por su cara y va marcando lentamente su cauce hasta que entra clandestina en su boca. Pone suavemente las yemas de los dedos sobre sus labios, y calla.

© Mara Romero Torres

sábado, 2 de enero de 2010

Toñi

La conocí en un hospital. Se llama Toñi. La vi por primera vez atada a la cama sollozando porque quería andar. La auxiliar que iba conmigo le riñó para que no alborotara. Ella la miró con ojos de niña y empezó a repetir un "por favor" que era una letanía. Me acerqué a ella. Le sonreí y acaricié su mejilla. Me miró. No dijo nada, pero dibujó una sonrisa que iluminó su cara. Decían que era un peligro, que estaban cansadas de ir tras ella y que por eso la habían atado. Seguí mi servicio. Teníamos que recoger en otra sala a una anciana que había muerto, para llevarla al depósito. Nadie lloraba por ella. No tenía familia. Nadie recogió con un beso su último aliento. La dejamos sobre una losa que hacía juego con su cuerpo. Al cerrar la puerta tras nosotros, la soledad volvió a ser su compañera.
    Al poco tiempo volví a la planta donde había conocido a Toñi. Me encontraba en el estar de las enfermeras cuando unas palmas sonaron a mi espalda y una voz ronca, con palabras a medio construir, canturreaba un villancico. Me volví y me topé de frente con ella. Allí estaba en camisón y descalza. Era feliz porque estaba sin ataduras. Y, aunque su mente respiraba en otra dimensión, no olvidaba que en ésta era Navidad. De pronto se calló. Se acercó tambaleándose a Juan, el celador, y le dijo: "¿Nos besamos?" y todo el mundo se echó a reír. Lo repitió mientras aquél huía llamándola loca. Ella lo siguió por el pasillo con la mirada más triste y falta de amor que jamás he visto. (¡Con lo poco que cuesta un beso!). La auxiliar la detuvo y la llevó frente al belén diciéndole que cantara, pero a Toñi le gustó más el árbol con sus luces y eligió cantar ante él...



                -¿A qué distancia queda el cielo?
                -A la misma que nos separa de un beso.

© Mara Romero Torres

sábado, 5 de diciembre de 2009

Cuentopoema

En una playa, abrasada por los rayos del sol, vivía un grano de arena que aguantaba estoicamente las pisadas de la gente y el calor. Se consolaba pensando que el día iba sobre una rueda siempre en busca de la noche. Él la esperaba paciente y, cuando declinaban los primeros rayos de la tarde, esbozaba una sonrisa, porque sabía que se acercaba la brisa fresca del mar que abraza el ocaso y deja el infinito sembrado de luciérnagas.

El grano de arena miraba al cielo y sus ojos se posaban, cada noche, en la misma estrella. Y, desde la distancia fría que los separaba, con esmero recogía el brillo que desprendía y lo iba almacenando en los atrojes que tenía en un rincón del alma. Se había enamorado de ella y con sus destellos destilaba el bálsamo con el que curaba sus heridas y que le daban ración para soportar el día.

Una noche la estrella le negó su brillo y el grano de arena lloró. Sus heridas se abrieron y sintió dolor sobre dolor. El mar quiso refrescarlo y lo invitó a viajar en una ola. De espuma le hizo una cama, para llevarlo a las tierras de coral, y el grano de arena se perdió en el mar.

…Y, sobre la arena desierta,
encontraron una mañana
las pisadas de una estrella.



© Mara Romero Torres. De mi poemario Al Calor de la Idea

De un salto a la eternidad


Buenas noches, amor:
Mientras escribo te imagino dormido, tranquilo, sumergido en un sueño en el que quizá sueñas conmigo. Tus gafas sobre la mesita de noche y un trozo de almohada prisionero entre tus brazos. Tus labios se han cerrado con mi nombre y en tus ojos duerme mi imagen, aún incierta. Pienso que esta página blanca puede esperar y me acerco lentamente al borde de la cama. Retiro la sábana muy despacito, para no despertarte, y, como un hilo de agua arrancado por el sol, deslizo mi cuerpo menudo junto al tuyo y lo acoplo a tu molde sin hacer ruído. Me duermo sintiendo tu respiración en mi mejilla y sueño contigo hasta que nos despierta el día:
-Buenos días, amor. Tenía miedo de despertar y que no estuvieras- te digo aún con el sueño entre los párpados. 
Me miras y, con la punta de tus dedos, apenas rozando mi cara, retiras el pelo que la cubre, sonríes y me besas.
-Buenos días, preciosa, ¿te apetece un café?
Y en ese instante sé que, mientras que en las noches mi cuerpo encuentre el calor del tuyo y mientras que en los días amanezca una caricia, tendremos grantizado el hoy que nos lleve de un salto a la eternidad.

Y ya sí, amor, dejo los sueños de la página blanca y me voy a la cama que son más de las cuatro de la mañana. Y me voy sintiendo que la vida llega. Y me entrego al sueño de las luces del alba. Y sé que la vida de mis sueños empieza, abrazada a mi almohada.

© Mara Romero Torres

Invitación al hogar


Se sentía atraída por su paz. La atraía su soledad y la inocencia dulce de su mirada. La atraían sus manos que la llevaban a alcanzar el otro fondo del universo, haciendo que se identificara más allá del goce.
Ahora sabía que estaba en el camino que la llevaba a ella misma. Él abría las veredas de su mundo proscrito y encendía las luciérnagas de lo infinito.
Lo esperaba con la calma de quien sabe lo que espera. Él pronto estaría allí, en su casa silenciosa y tranquila, añorando, quizá, la soledad que ella le robaba; pero la sonrisa vendría puesta como un remero del camino que hace aletear los sueños.
La había inivitado a invadir su espacio y la había llenado con ello de quietud. Ella, desde su seriedad, lo veía en ese don que los dioses regalan a los que saben amar.
Si en aquel momento le hubieran preguntado que para qué se había aferrado a la vida por segunda vez, habría dicho que para encontrarlo, para sentirlo y vivir, sabiendo que sus pasos iban hacia adelante y que andar a su lado era andar por ella misma.
Aquel hombre, le iba mostrando sus rincones, le daba paso a sus secretos y ella se quedaba bloqueada, sin poder reaccionar, sin saber porqué lo hacía. Se sentía una intrusa que quería quedarse en el mundo que le mostraba; una intrusa que sabía que no había mañana y que le diría adiós; una intrusa que haría muy bien en frenar lo que sentía, si aquel sentir no era compartido por él; una intrusa que no queríaamar a medias ni una vez más en su vida; una intrusa insensata que se negaba a parar un sentimiento cuando por ese sentimiento estaba dispuesta incluso a dar la vida. Seguría sintiendo hasta que él se saliera del camino y volviera a caminar sola o hasta que sus pasos la llevaran a hilvanar sueños con sueños que supieran a él.
Le había dicho que estaba enamorada del amor y ella, decidida y firme, consciente de su verdad, al instante resolvió:
- Pues, póngase en pie ese amor que alimenta mi locura y ande serena esa locura que da sus pasos por amor. Si estar enamorada del amor es brindar por un ideal, levanto mi copa y brindo porque, tras la bruma de un sueño, lo real se hizo en ti.

© Mara Romero Torres

Cuento breve


Aquel hombre caminaba despacio, pensativo, por las últimas tardes de un verano sin nombre que le había dejado ojeras de desamor. No pensaba en nada. Miraba su soledad y se daba la compasión que el cielo le había negado.
La tarde era más fresca a medida que avanzaba y el otoño estaba cerca. Se acercaba el momento de tener que coger un abrigo, pero todavía se podía permitir el ir ligero de ropa. El fresco vespertino se agradecía, aunque en esas horas del día su dolor quemara más. Después venía la noche con su laberinto encendido para enajenarlo con retazos de sueño. Lo terrible era amanecer y superar el reto de la vida que lo despertaba con las espinas secas de un amor perdido, clavadas en el pensamiento. Se levantaba cada mañana sin saber si vivía porque aceptaba el reto de saltar a la orilla de la vida y vivir o si vivía porque su corazón se negaba a dejar de latir.

© Mara Romero Torres

El morocho en mi recuerdo


Por las tardes, nos gustaba ir al Morocho del Arrabal y sentarnos fuera del local en una mesa, en el pasaje. Tomábamos un café y charlábamos con Enrique. Con frecuencia, mientras la conversación fluía, mi mirada se desviaba al entorno y, alguna que otra vez, tomé notas en mi cuaderno para asegurarme de que no se me olvidaría nada y se conservaría vivo en mí cada momento vivido. Hoy repaso mis notas y yo no estoy en el Morocho; pero el Morocho sí está en mí y recobra con fuerza vida en mi memoria, ayudada por aquellas notas:

12 de diciembre de 2007
Gardel, desde su columna, con los brazos cruzados, observa al policía que, en igual ademán, vigila el pasaje que lleva su nombre.
Una abuelilla se acerca para pedir dos raciones de pizza. En la cocina del Morocho el horno está apagado todavía, pero lo encienden para hacérselas y ella se sienta a esperar en una mesa vecina a la nuestra. Lleva bastón. Es delgada, de pelo corto y cano. Tiene su espalda deformada por una leve joroba y en la boca sin dientes se hunden los labios. Aquella abuelilla me recuerda tanto a la mía que pienso: "Abuela, ayúdame. Te quiero y te echo de menos. No me dejes".
Corre un vientecillo agradable que me refresca después del caluroso día que hemos tenido. Es la primera vez en mi vida que vivo un verano en diciembre.
Dios dejó de ser argentino y el argentino dejó de ser dios. Las notas se cruzan en mi mente. Mientras la escena que observo está aún en una calma relativa, siguen en Buenos Aires los problemas.
A casi una semana de volver a mi tierra, se empiezan a grabar en mis latidos los vuelos bajos de palomas y los gatos que custodian el jardín botánico durante la noche. Las travesuras de los niños del Abasto se han quedado pintadas, con sus caras morochas, en el desván de mis pupilas. A casi una semana de volver a mi casa, el tango ha germinado su semilla en mis venas y me habla de añoranzas que se hacen presentes desde antes de partir.
El chango juega a la pelota con chinelas, pantalón corto azul marino a media pierna y remera roja que le llega a la rodilla. Morochito alegre que corretea por la calle sin miedo. Sin el miedo de los mayores. Morochitos del Arrabal. Morochitos del Abasto. Jugáis tranquilos porque Gardel os vigila. Los arcos del viejo abasto, convertido en shoping, cortan los malos vientos y explotáis petardos con sonrisas de fiesta. Parece que creciérais, sin una mirada progenitora que controle vuestra infancia, libres en la ley de la calle, abiertos al código del hermano mayor que sabe usar mañas para protegeros. Y aquellos niños, como pequeños gauchos sin estancia, hacen girar palos y cinturones a modo de boleadoras. La Pampa parece respirar en aquella calle adoquinada en la hora de la tarde. Las farolas alargan las inquietas sombras de los pibes, futuros maradonas. Docenas de pebetes: peruanos, mestizos, criollos los menos, son dueños de medio pasaje y juegan ajenos aún a los vuelos de coimas que con arte prestidigitador hacen su nido en otros bolsillos.
En aquel paraje pasa la vida y la vida habla. Puede que, en algún momento, oigas a un padre decir que tiene que recuperar la plata que ha invertido en su hijo. Se querrá llevar la ganancia de un fruto que se hizo solo. Y Gardel, con sus brazos cruzados, sonríe en la esquina y sigue atento las mil historias de tangos y milongas del porteño pintón.
"Sos un amor, pebeta".
"Vos sos loco, viejo, si pensás que esa mina no es un gato".
La tarde se fue y la noche se va. El pasaje se va quedando vacío. Los niños se marchan a dormir y el viento le da las buenas noches a Gardel.
Baja de tu pedestal, Carlos, pasea tu traje sin arrugas por el filo de las farolas. Si un amor te dio la espalda, cántale esta noche que la calle está sola. Pasarán los coches, pero nadie se dará cuenta de que, en la noche porteña, con los ojos húmedos, un hombre solitario suspira por una mujer.
Alguna gata buscará su presa y algunos leones caerán porque llevan flojo el cinturón. Noche de gatos que cenan tejidos de soledad y contonean sus caderas por unos tristes mangos para el pan de cada día.
"Ché, ¿qué hacés vos?"
Los mosquitos tienen patente de picotón.
Bandoneón, guitarra, piano. En el Morocho empieza el espectáculo de cada noche. La gente se acomoda en sus mesas y en el escenario se encienden las luces. Familias, parejas, cenan a media luz y se hace el silencio. La música los envuelve en su abrazo y vibran las notas en la voz del cantor.
"Las callesitas de Buenos Aires tienen ése qué sé yo..."
"Por una cabeza de un joven potrillo..."
"... Canta, garganta con arena... "
"Que el mundo fue y será una porquería
ya lo sé..."
"... Verás que todo es mentira..."
"No sabrás, nunca sabrás
lo que es morir mil veces de ansiedad..."
"Quiero emborrachar mi corazón..."
"Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando..."
"Fui como una lluvia de cenizas y fatigas..."
"Mi Buenos Aires querido..."
"... No ves que va la luna rodando por Callao..."
"Vos ves la Cruz del Sur..."
"Barrio plateado por la luna..."
Se entrecruzan los momentos para cantar el amor, para llorarlo y también para reír.
"-¿Cuántos años tenés, pebeta?
-Veinte.
-Se te han caído dos sotas".
Y la noche sigue y sigue entre amantes, trolos y chorros.
Lejos de allí, en la dársena del viejo puerto, descansa oxidado el vapor de La Carrera. Duerme su historia y se relaja la resignación. Bostezo porteño. Los gatos callejeros buscan en la basura antes de que lleguen los cartoneros y los corran del callejón.
Los boliches nocturnos le dan marcha al ventilador; los vasos se bordean de carmín; las polleras agilizan el ascenso y, alimentado de tragos, se crece y envanece el ilustre conquistador en la noche porteña de esquinas habitadas.
Pienso en mi partida y el fresco de la noche se convierte en frío. Me arrebujo en el abrigo y, calentando mis manos con mi aliento, le doy las buenas noches a Gardel.

© Mara Romero Torres

Sólo quería olvidar


De noche, cuando los pensamientos son más claros, salió a recorrer lugares para olvidar aquello que, habiendo sido lo más bello de su vida, se había trocado en amargura. Sus pasos lentos marcaban el camino y su memoria revivió la imagen de dos hormigas que trepaban por el tallo de una rosa. Una, al llegar a la flor, retrocedió e insistió obstinada en recorrer las espinas; la otra, fue dejándolas atrás y se sumergió en los pétalos.

Cuando llegó al cerro de San Miguel, respiró aliviado al comprobar que nadie allí le haría compañía. Iba repleto de esa soledad que busca derramarse a solas. Caminó despacio hasta la ermita. Se sentó en el pretil y se centró en ese punto indefinido donde el silencio de Granada flota entre dos campos de estrellas: uno, arriba recordándole unos ojos que, como colibríes, picaban su alma; el otro abajo, diciéndole que, entre aquellas luces, ella dormía en los brazos de otro. Allí la noche, insensible a su dolor, apretaba su zozobra y dejó aquel lugar.

Se fue a Sierra Nevada, buscando en las alturas la llave del olvido. El viento afilaba sus agujas al pasar por las montañas y el aire lo envolvió con su capa de hielo y mutó su aliento en astillas de mármol con las que dibujó en su piel el nombre de aquélla que viajaba en el eco de su memoria. Allí tampoco estaba la calma y dejó aquel lugar.

Las gaviotas dormían cuando llegó al mar. Sólo se oía el zumbido ronco de las olas, retumbando sobre un fondo que se había quedado hueco bajo los pasos de la luna. Se sentó en la arena, a esa distancia justa a la que sólo llega la ola más intrépida, y la tristeza mordió la soledad que habitaba en el vacío de un corazón que ama a solas. Allí tampoco estaba lo que buscaba, pero no dejó aquel lugar.

Cuando llegó la mañana, el mar había recogido algunas lágrimas perdidas. Miró el amanecer, sonrió, se levantó y echó a andar. Había decidido olvidarse del olvido y llenarse del amor que perdura en el recuerdo. Como aquella hormiga que sin titubear encontró lo que buscaba, el olvido se había quedado a dormir en un fragante lecho de pétalos de rosa.

©Mara Romero Torres

Reflejos en la pared

-¿Dónde te habías metido? -Le preguntó extrañado.
-¿Dónde estabas tú que no me has visto? -Contestó sonriendo. Y mirándolo a los ojos le dijo:- Siempre he estado aquí.
La noche llevaba silbidos de un viento que se colaba por la ventana entreabierta y movía la bombilla que, enganchada en un simple cable, colgaba del techo. La luz y la sombra oscilaban en la pared y alternaban su cara y su cruz al vaivén del improvisado péndulo.
-¡Cierra la ventana! -Le gritó nervioso y, en su cara desencajada, se abrieron de par en par sus ojos ensangrentados por un miedo incontenible. No esperó a que ella cerrara la ventana. Dio un salto y corrió a cerrarla. Los postigos crujieron y se hizo un extraño silencio. Se dejó caer en el sillón de mimbre que había cerca de la ventana y, con las manos fuertemente cruzadas sobre la nuca, hundió la cabeza en sus rodillas. Ella, de pie en el centro de la habitación, lo miró sin decir nada. Pasó un largo rato antes de que aquellas manos se relajaran y cesara la tensión sobre la nuca. Entonces le preguntó:
-¿Le tienes miedo al viento?
Al oír su voz, él levantó la cabeza y, mirando con ojos aún idos la pared en donde bailara el reflejo de la bombilla, murmuró:
-Las sombras. Las sombras.... Esas sombras que se mueven.
-Tú trabajas en las sombras -aclaró con la mirada pícara de quien conoce un secreto-. Tienes miedo a otro tipo de movimiento -y, con la calma que regala la voz de la razón, concluyó:- Le tienes miedo a la luz.

© Mara Romero Torres

La última gota de rocío

Como tantas veces antes, apenas quedaban unas gotas de rocío refrescando la hierba del camino. El recuerdo se había quedado vagabundeando en alguna esquina del pasado y ahora sólo importaban los primeros rayos de sol que hacían brillar aquellas gotas de rocío. Con las manos en los bolsillos, camina despacio y siente el fresco de la mañana en las zonas de su piel que no cubre el abrigo, mientras que en sus ojos danza aún la mirada de otros ojos y sus oídos se templan con sonidos de guitarra. Lo que, hasta hacía unas horas, era, había quedado en nada. La soledad delante del camino, cerca del horizonte de una mirada corta que no tiene camino largo, se despoja del último velo y espera sonriendo segura de que la llevarán a ella los pasos silenciosos que no quieren mirar atrás.
-¿Cómo sería el ruiseñor que murió para que tus pétalos sean rojos? –se preguntó- ¿No son todos los ruiseñores iguales?
Sacó una mano del bolsillo y con ella la rosa que guardaba. La miró sin detener el paso y siguió pensando: “Nadie sabrá de ti. A nadie le interesa saber por qué eres roja; pero tampoco sabrán de mí. A nadie le interesa saber por qué vas conmigo”.
El camino se quedó vacío. El sol dibujó con sus reflejos la danza de los colores y el horizonte se volvió bruma. Algo parecido a una mariposa revoloteaba y se acercaba lentamente a la hierba del camino. Suave, como las notas de un nocturno que se acercan despacio, te abrazan cálidamente y te elevan al cielo, el pétalo de una rosa se posó junto a la última gota de rocío.

© Mara Romero Torres